AMAR LA VIDA: LA FUERZA PARA LOS ‘SIN TECHO’

Cáritas tiene varios pisos para gente sin hogar y un centro de día donde pueden acudir para resguardarse del frío de la calle.

#Huesca (#sociedad).- Julio Teixeira es portugués y tiene 59 años. Su historia es de lucha y superación, de tocar fondo y levantarse una y otra vez, de cometer errores y pagar muy caro por ellos. Julio ha sido drogadicto, preso y mendigo y acepta su pasado con resignación. “No estoy arrepentido porque he aprendido mucho. El pasado no puede cambiarse y por tanto solo se puede vivir con él, aprender de los errores y mejorar. Son experiencias dolorosas pero siempre he sacado algo positivo de la negatividad de aquella épica”, cuenta a noticiasenlacontienda.

Hoy está viviendo en uno piso de Cáritas y haciendo una sustitución laboral en el centro de día de esta organización. En su día a día está recuperando hábitos sociales y evitando acercarse a quienes le pueden hacer cometer los errores del pasado. Pero llegar hasta aquí ha sido un camino muy difícil. 

Emigró de joven a Francia porque en su casa había alcohol y palizas. Allí consiguió los papeles al casarse con quien fue su mujer y madre de sus dos hijos, también portuguesa, y trabajo durante años de camarero. Pero las drogas llegaron a su vida y eso echó todo al traste. “Empiezas por amistades y de repente estás enganchado. Perdí mi trabajo. Perdí a mi familia. Y acabé en la cárcel por traficar porque lo único que te importa es poder consumir”, relata. 

Tras su paso por prisión donde cumplió 8 de los 12 años de condena por buena conducta y siguió consumiendo “en la cárcel la droga es más cara pero más fácil de conseguir”, intentó cambiar de vida pero no le fue fácil. Por eso dejó el país galo en el año 2000 y vino a España con la idea de comenzar una nueva vida. Estuvo tres días en un albergue en San Sebastián, máximo tiempo permitido en los albergues y de ahí se fue a Zaragoza. Su vida dio un pequeño giro gracias a un curso de Cáritas de jardinería que le proporcionó trabajo durante un año, pero entonces se acabó el contrato y Julio tuvo que combatir con un fuerte enemigo, la soledad. “Me ofrecieron ir a Baracaldo pero no tenía ganas. Me había convertido en una persona solitaria y eso es malo. Luego trabajé de temporero con la fruta en condiciones indignas donde el intermediario se llevaba  50 de los 70€ que se ganaba por jornada. Esa vida no es vida y como todos los temporeros beben comencé a beber. La vida que llevaba no era la vida que quería, viviendo con gente que no conocía y en condiciones difíciles de explicar”.

 

El alcohol también ha sido determinante en su vida y el motivo por el se convirtió en un sin techo más, invisible para la sociedad. Nos cuenta que estuvo días sin comer “por vergüenza a pedir”, pero que llega un momento en el que todo da igual. “Pasas de todo, no tienes autoestima, es como si estuvieras muerto, un muerto ambulante. Sin rumbo, sin perspectiva de futuro”. Durante un año estuvo durmiendo en la escuela de idiomas y aunque se le ofreció ayuda por medio de una educadora social, no quiso aceptarla. “Gracias pero primero pregúntame si quiero que me ayudes”, fue la respuesta de Julio. 

Un altercado con la policia y un intento de cortarse las venas de pura rabia de que los locales le tirasen su cartón de vino, fueron el detonante para dar un giro a mejor. “Me ingresaron en San jorge, me atendieron en psiquiatría y aunque en un primer lugar quise volver a la calle, esta vez a la semana fui yo a la educadora para ver si seguía en pie su oferta”. Desde Cáritas cuentan con unos pisos para personas sin hogar con el fin de poder ayudarles en su reinserción en la sociedad. Julio fue primero a una pensión y posteriormente a uno de estos pisos y allí tuvo que enfrentarse a otro fantasma: adaptarse a la vida social. “Es difícil recuperar hábitos y yo no sabía si sería capaz. Por eso tenia miedo a dar este paso porque podía decepcionar a la educadora. Cosas sencillas como pasear o leer o llevar un horario de comidas es todo un mundo para quien estaba en mi situación”.

Pero Julio ha sido fuerte y lo está consiguiendo aunque aún le queda mucho camino por recorrer. Estuvo un año en Zaragoza en un centro para dejar de beber y aunque siempre tiene que estar en alerta está avanzado. Ha habido momento de pequeños recaídas pero su fortaleza y la ayuda de Cáritas le está haciendo ganar esta batalla. Ahora mismo tiene un techo y trabaja pero siente que su situación sigue siendo precaria “ni el piso es mío ni el trabajo fijo”. Pese a ello, tiene claro que ama la vida y que merece la pena luchar por una digna. “Vivía porque no quería morir. Me gustaba la vida a pesar de todo”.

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